AL COMPAÑERO ULPIANO: IN MEMORIAM

Esta mañana me desperté con la peor noticia que uno puede recibir: me llamaba un común amigo para decirme que Ulpiano había muerto. Lo suponíamos desde hacía unos pocos días, pero aun así las palabras pronunciadas eran como un mazazo dado al corazón; cada palabra era como un desgarro: “Jesús, te llamo para comunicarte que Ulpiano ha fallecido”, así de lacónico, seguido de un llanto reprimido pero intuido, seguido de un silencio más frio que la propia muerte.

Se suceden los sentimientos, siendo el primero de ellos el de incredulidad. Yo había hablado con mi amigo Ulpiano y su   mujer hacía pocos días en Santa Marta ( en la terraza del Caserón para ser preciso) y albergaba en mi interior la esperanza de una posible recuperación, basada en el buen ánimo del que siempre hizo gala.  Hoy no podía aceptar de buenas a primeras que él ya no estaría más con nosotros para la charla distendida y jocosa, ni para la charla política, a la que tanta pasión le ponía, ni para contarme como cada mañana salía a la Isla del Soto a pescar, y aún a estas horas me cuesta hacerme a la idea de no poder intercambiar impresiones, ni consultarle que debemos hacer o si le parece que vamos bien ( a veces me decía que sí y otras, bien os lo podéis imaginar, no se cortaba para decirme en lo que me estaba equivocando).

Tras la incredulidad viene el dolor y tras este, la rabia. Trato de negarme a mí mismo la evidencia, y decirme, por unos segundos, que no es posible, porque no me puedo imgianar la ausencia de un amigo, y los mecanismos sicológicos de defensa tratan de luchar contra la evidencia, para desvanecerse al poco y dar paso a la rabia: ¿por qué él? ¿por qué a esta temprana edad? ¿por qué alguien que aun tenía mucho que decir, mucho que hacer? Ni lo entiendo ni lo acepto y pienso que es injusto y que habría que darle marcha atrás al reloj de la vida y hacer posible que esta llamada no se hubiera realizado, que esta noticia nunca se hubiera producido.

Después viene el llanto interior. Se asume que es verdad, y que nada puede hacerse y solo queda una extraña sensación de vacío: el vacío que van dejando las sucesivas ausencias, esas que el tiempo ha ido mitigando, pero que ahora parece que se agruparan, que se suman unas tras otras y nos hablan de soledad, de indefensión, de luto. Y por encima de todo de vacío.

Poco después tengo que salir a la calle ( la vida sigue) y me dirijo a uno de los escenarios que más podrían recordarme al compañero y amigo Ulpiano, es primer jueves de mes, hay pleno en el Ayuntamiento, se dirimen temas importantes, como casi siempre, y aunque mi cabeza y mi corazón están a otra cosa, me encamino al salón de Plenos, donde se guarda un minuto de silencio en su memoria, para continuar con el deber de sacar adelante, tras las correspondientes discusiones y votaciones, los temas del orden del día (me pregunto cuantas veces habrá hecho esto mismo Ulpiano defendiendo sus criterios y los de su grupo).

Después el teléfono no para: me llaman todo tipo de gentes y con los más diversos propósitos: unos para darme la notica, que ya no es tal para mi, otros para preguntarme sobre el último adiós al amigo, al vecino o al compañero, otros, incluso para darme el pésame, cosa que me enorgullece sobremanera, ya que el pésame se suele dar a los más allegado, como la familia, y a mi me emociona que hoy me consideren tan cercano a Ulpiano, y que si no en la familiaridad sí en los afectos.

Al final del día, viene la dimensión social, a la que Ulpiano no era en absoluto ajeno. Nos acercamos al tanatorio para acompañar a la familia y nos encontramos con toda Santa Marta, sin distinción de credos ni ideologías políticas, sin distinción de edades ni de posición social, todos acompañando a la familia, como si con este gesto, el pueblo de Santa Marta, quisiera agradecer a Ulpiano su trabajo incansable y eficiente en favor de la comunidad.

Ahora, junto a mis torpes palabras, quiero ofrecer un humilde homenaje al amigo que nos deja: unas lágrimas, el reconocimiento a su limpia trayectoria política en defensa de los trabajadores y del pueblo de Santa Marta y la promesa de contribuir a que su nombre no caiga en el olvido, sino que sea asociado a nuestro querido pueblo y a las causas a las que dedicó su vida.

¡Hasta siempre amigo, hasta siempre, compañero!

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